Datos de publicación: Lillian von der Walde Moheno, “El prólogo a la segunda parte de El Quijote”, en Signos. Anuario de Humanidades 1989, t. I. Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa, México, 1989, pp. 77-91. 

 

 

 

EL PRÓLOGO A LA SEGUNDA PARTE

DEL QUIJOTE

  

 

 

 

 

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El propósito de este artículo es señalar algunas de las “trampas” que Cervantes ha puesto en práctica en su prólogo de la segunda parte de El Quijote. Como recurso metodológico he decidido escindir el texto cervantino en varios fragmentos, cada uno de los cuales será transcrito y comentado.

            El primer periodo del mencionado “prólogo al lector” empieza así:

¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo, de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! 1

Lo que a primera vista destaca en estas líneas es el tono de familiaridad alcanzado, en parte, por el empleo tan marcado de la segunda persona del singular. Es como si el autor le escribiera al amigo que está al tanto de los sucesos acaecidos al remitente. El considerar al lector como un amigo enterado, tiende a lograr que éste se ponga de parte del autor; es, pues, un mecanismo exordial (ab iudicum persona),2 para asegurar la benevolencia y simpatía de quien leyere el prólogo.

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1)      Las citas del prólogo son tomadas de la edición de Martín de Riquer: Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Planeta, Barcelona, 1980, pp. 573-577. También puede consultarse el segundo tomo de la edición de Murillo (Clásicos Castalia, Madrid, pp. 33-37), que no presenta ninguna modificación con respecto a la de Riquer.

2)     El ab iudicum persona es un remedium del benevolum parare que “consiste en [CONTINÚA EN SIG. PÁG.]

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Por otra parte, Cervantes inmiscuye al lector en su reyerta al establecer que éste ansía el prólogo, porque cree que habrá de encontrar en él la respuesta al escritor de la continuación del Quijote. Con esto, además, lo que el prologuista hace es determinar sutilmente cuál es la actitud lógica ante lo ocurrido: enfrentarse con furia a Avellaneda. Y se dice “con furia” porque el autor se ha preocupado por anotar una congeries (“venganzas, riñas y vituperios”), como si deseara recalcar —utilizando para ello al lector— que es mucho lo que ese otro escritor merece.

En la cita se aprecia que el lector puede ser “ilustre” o “plebeyo”. Así, Cervantes mantiene la tradición de distinguir dos tipos de lectores, pero la modifica: ni uno es culto, ni otro ignorante y vil; simplemente, son de diferente rango. La acotación relativa a que el público está conformado por elementos de diversos estamentos, da cierta idea de la amplitud de éste. La acotación, entonces, quizá podría ser entendida como la conciencia del autor de su popularidad, popularidad que él —aquí disimuladamente— hace notar. Pero con lo que abiertamente la subraya es con la misma descripción del lector que espera «con ganas» el pleito literario. Da por hecho, pues, que su público lo conoce, que ha leído la continuación apócrifa, y que ahora está interesado en la probable contestación a Avellaneda.

Por último, deseo comentar brevemente la afirmación concerniente a que el autor de la continuación del Quijote nació en Tarragona. Esta aseveración implica que dicho autor solamente existe, cobra vida a partir de la publicación de tal libro —impreso en Tarragona. El lector, pues, ávido aguarda que Cervantesconocido, ciertamente identificado por los ritos de presentación que ha realizado en sus anteriores trabajos— se enfrente a ese otro escritor que —como el prologuista solapada e irónicamente nos lo indica— se encuentra oculto bajo un seudónimo.

Las líneas transcritas del prólogo cervantino siguen de esta forma:

Pues en verdad que no te he dar este contento; que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no [CONTINÚA EN SIG. PÁG.]

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el elogio del público” (Heinrich Lausberg, Manual de retórica literaria. Fundamentos de una ciencia de la literatura, t. I. Trad. de José Pérez Riesco, Gredos, Madrid, 1966, p. 252).

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me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya.

             Puede o no ser cierto que los lectores de Cervantes esperaran que él, enfadado, respondiera a Avellaneda. Lo que es un hecho es que el autor, en el inicio de su prólogo, determinó que efectivamente hay tal expectativa en su público; a la vez, dio algún indicio de que el interés de sus lectores (interés que él estableció) no iba a ser satisfecho (“creyendo hallar”). El primer movimiento de Cervantes fue, pues, hacer creer a quienes leyeren su prefacio que ellos mismos pretendían que hubiera un enfrentamiento. Ahora, el segundo movimiento —ya un tanto anunciado antes— es romper evidentemente la expectativa que él mismo creó mediante la praeteritio “no te he dar este contento”.3 El autor justifica su negativa a combatir a Avellaneda, al situarse como excepción de la norma. En el razonamiento, la anteposición de “puesto que” (= aunque) a lo que sería la regla (o premisa mayor de un silogismo), da pie a que Cervantes pueda señalarse como ajeno a lo que comúnmente sucede (razón de la praeteritio). Interesante manera de argumentar; sobre todo, original. Ahora bien, la manifestación de que habrá de eludir el pleito tal vez sea un escondido autoelogio tendiente a imprimir, en el lector, la imagen de un Cervantes que está por encima de la venganza, de un Cervantes virtuoso a la vez que seguro de sí mismo. De esta forma, el autor previamente engaña al lector, y así evita ser culpado de insultar a Avellaneda, hecho que inmediatamente lleva a cabo.

La manera de injuriar al continuador del Quijote es igualmente tramposa. Cervantes deposita en el deseo del lector las ofensas, y hace hincapié en que éstas no pasan por “el propio pensamiento”. La figura retórica de que se trata aquí es la occultatio o paralipsis, que es cuando el orador aparenta omitir lo que precisamente está diciendo. El lector atento se da cuenta de lo realizado, de que en efecto el autor arremete contra Avellaneda. Pero ésta quizá no era la intención del prologuista. Tal vez quería que su público pensara —en ese momento— que él se abstenía del vilipendio y la represalia; tal vez quería que se dijera algo semejante a lo escrito por Américo Castro: a Cervantes “fácil le habría sido reprocharle [a Avellaneda] muchos aspectos desagradables o artísticamente infecundos, dentro del Quijote apócrifo. No lo hizo, y [CONTINÚA EN SIG. PÁG.]

 

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3)     Hay praeteritio cuando el orador manifiesta que no va a tratar algo. (Vid. ibid., t. II, 1967, p. 276).

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se limitó a una digna admonición: «castíguele su pecado [...]»” (4).

En este ensayo se ha visto que Cervantes hizo que sus lectores creyeran que esperaban una contestación furibunda contra Avellaneda. La creada expectativa (la respuesta) fue cumplida por el autor; sin embargo, él quiso que sus receptores no se dieran cuenta de ello. Al escritor del segundo Quijote le envió un mensaje insultante, pero para hacerlo, utilizó a su público. Ante sus destinatarios tramó pasar como el ser que, aunque consciente del acto indigno realizado por el que “nació en Tarragona” (no es en vano la palabra “pecado”), permanece libre del afán de reyerta literaria; de ahí que deje a otros el castigo a la obra de Avellaneda, de ahí que diga —mediante la frase popular “con su pan se lo coma”— que a él le tiene sin cuidado.5

La técnica cervantina de ataque hasta aquí empleada fue del todo ingeniosa, veamos ahora la de defensa:

Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza; y hase advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.

En el prólogo a su novela, Avellaneda asoció la edad de Cervantes con el mal humor de éste, y dijo que a ello se debía el que careciera de amigos. En la defensa transcrita, Cervantes no se ocupa en negar que la vejez tenga algo que ver con el carác- [CONTINÚA EN SIG. PÁG.]

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4)     Américo Castro, “Los prólogos al Quijote”, Revista de Filología Hispánica, III (1941), p. 320.

5)     Dentro de su misma ficción, Cervantes juzga algunos aspectos de la continuación de Avellaneda. Véase capítulo lix.

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ter, ni en ese momento afirma la existencia de amistades. La trampa del autor consiste en eludir cuidadosamente las agresiones del adversario, e irse por otros caminos. Uno, por el que sabe que ha de captar la simpatía de sus lectores: no está en él detener el paso de los años. Con este argumento irrefutable, asimismo, destaca lo injusto y cruel de la burla de Avellaneda. El otro camino consiste en emplear la táctica del autoencomio. Para ello, toma un lugar común de la época (la relación positiva entre edad y entendimiento: a > x, > y), y —como dice Socrate— lo revierte desmitificado en la propia vida.6

La otra característica física que el autor del Quijote apócrifo mencionó en su prólogo, es la manquedad, la cual utiliza para hacer una burda comparación con la que tacha a su enemigo de murmurador: “y digo mano, pues confiesa de sí que tiene sola una, y hablando tanto de todos, hemos de decir dél que [...] tiene más lengua que manos”.7 Es indiscutible el carácter vil, inmisericorde del chiste de Avellaneda. Pero lo que realmente hiere a Cervantes (sentimiento que se deduce de la última cita copiada: no en balde dedicó tantas líneas al tema), es que la alusión a su manquedad atenta contra uno de los mitos personales que él se había forjado. Adviértase lo que dice en el prólogo a sus Novelas ejemplares: “Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros.8 La propia identidad, ésa, cuidadosamente elaborada, es negada por Avellaneda. No hay valor, no hay amor a la patria, no hay honra; sólo existe un viejo soldado manco, maldiciente y calumniador.

En su inteligente y retórico discurso, Cervantes se preocupa por reforzar la imagen que, de sí mismo, ya antes había dado a su público: lo honra el haber participado en la defensa de su [CONTINÚA EN SIG. PÁG.]

 

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6)     Vid. Mario Socrate, Prologhi al “Don Chisciotte”. Marsilio Editori, Venezia-Padova, 1974, p. 77.

7)     Alonso Fernández de Avellaneda, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras. Edición, introducción y notas de Fernando García Salinero. Clásicos Castalia, Madrid, 1971, pp. 51-52. Conviene señalar que, en su ataque, Avellaneda tiene muy en cuenta los anteriores prólogos de Cervantes. En este caso, ha puesto su atención en el de las Novelas ejemplares.

8)     Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, I. Edición, introducción y notas de Juan Bautista Avalle-Arce. 2ª. ed., Clásicos Castalia, Madrid, 1982, p. 63.

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patria. Primeramente, repite la hipérbole de las Novelas para recordar —o bien dar a conocer— que perdió la mano en la más estimable batalla para España, con lo que —algún lector quizá sobrentienda— su mutilación actual no puede ser motivo de mofa. Señala, luego, el reconocimiento que recibe de quienes saben dónde sufrió la pérdida del miembro, e insiste en la idea del reconocimiento a través de la mención de la estimación que obtiene el soldado muerto en batalla, y no aquel que la abandona (aquí aparece una expolitio conceptual). De esta forma, convierte su manquedad en máximo mérito, a la vez que ocultamente conduce a sus lectores a apreciar el que él haya luchado en Lepanto —porque de no hacerlo, ello implicaría que no les importa que se combata por la nación, que se la proteja. Posteriormente, el autor se ennoblece a sí mismo: si se pudiera volver el tiempo, no preferiría —para estar sano— haber dejado de participar en la batalla. Elevada de este modo su imagen, pasa a persuadir nuevamente a su público de la honra que representa la labor del soldado y de lo apropiado que es el que se le elogie. Indirectamente, pues, convence de la bondad de su pasado ejercicio, y de la justicia de que éste se ensalzado.

       Como se ha podido observar, las burlas a la vejez y a la manquedad sirvieron a Cervantes para exaltar el propio valor. Ahora, comentaré brevemente el segundo periodo del prólogo, en el que el autor trata el punto relativo a la envidia, vuelve a arremeter contra Lope (lo hizo antes en el prólogo a la primera parte del Quijote), y subraya la calidad de las Novelas ejemplares:

He sentido también que me llame invidioso, y que como a ignorante, me describa qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo; que del tal adoro el ingenio, admiro las obras, y la ocupación continua y virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo.

Para enfrentarse a su adversario, Avellaneda hizo exactamente lo que éste censuró en el prólogo a la primera parte del Qui- [CONTINÚA EN SIG. PÁG.]

 

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jote: recurrió a autoridades y copió citas en latín para enseñar qué es la envidia. Cervantes seguramente entendió esta agresión y contraataca. En efecto, al afirmar que es tratado como si fuera un ignorante, vuelve a criticar el que se haga gala de erudición: el adorno erudito no sólo parece ridículo en un trabajo dirigido al entendido, sino que además ofende al conocedor del tema (porque, así, indirectamente se le tilda de inculto). Y Cervantes es un conocedor. Son dos —señala— las envidias que existen, y en él únicamente actúa “la santa”, “la noble y bien intencionada”. Estas características implican que el autor sólo puede envidiar a quien se encuentra por encima de él, a quien es digno de admiración. Por eso no persigue a Lope —que no merece respetarse—, y menos si pertenece a la temida institución represora (Cervantes, «por debajo del agua», se metió incluso con la Inquisición).

            No contento el prologuista con haber ingeniosamente rebajado al dramaturgo, elabora una ironía retórica; esto es, la que quiere que se la entienda como tal: [de él] “adoro el ingenio, admiro las obras, y la ocupación continua y virtuosa”. Como eran del conocimiento popular los amoríos, la vida licenciosa de Lope, el tercer komma o inciso de este enunciado incide en los dos anteriores, y revela el verdadero sentido de éstos. Los dos primeros kommata son, pues, una simulatio o fingimiento de la propia opinión.

Con el propósito de encomiar sus novelas, Cervantes concluye el periodo parafraseando lo dicho por Avellaneda en relación con éstas: que son “más satíricas que ejemplares, si bien no poco ingeniosas”.9 Acomoda un poco a su conveniencia la cita, al transformar “no poco ingeniosas” en “buenas”. En el texto, también explica el porqué de la calidad de esas obras: no serían meritorias si no fueran tanto satíricas como ejemplares. ¿Intentará señalar con ello cierta estupidez de su adversario?

Antes de pasar a transcribir otro fragmento del prólogo, únicamente quiero hacer notar que Cervantes precavidamente saltó el comentario que —unido con la explicación de la envidia— Avellaneda hizo en relación a que la primera parte del Quijote, por haber sido escrita en una cárcel,10 salió murmuradora y colérica. Ciertamente, aludir a su estancia en una prisión hubiera opacado la imagen que había logrado dar en el primer periodo: la de ser el digno soldado amante de su patria. Véase, ahora, cómo continúa el texto que se ha venido estudiando:

 

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9)     A. Fernández de Avellaneda, op. cit., p. 51.

10)  El dato lo toma del mismo prólogo cervantino a esa primera parte.

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Pareceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los términos de mi modestia, sabiendo que no se ha añadir aflición al afligido, y que la que debe tener este señor sin duda es grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad.

     En su proemio a las Novelas ejemplares, Cervantes dice que él es el primero en novelar en lengua castellana. A Avellaneda esta afirmación le parece una presunción, y así lo hace notar en su mencionado exordio. Cervantes, en su prólogo a la segunda parte del Quijote, elogia sus Novelas, pero como para evitar una nueva censura por su falta de humildad, no explicita qué es lo que piensa de su Quijote —aunque, ciertamente, implícitamente sí se señala la calidad de esa creación. La originalidad es sorprendente. Incorpora el tópico proemial de la “falsa modestia” —como lo llama Curtius—,11 pero él directamente no se nos muestra humilde, sino que aparece como tal a través de su lector. Según se aprecia en la última cita transcrita, el autor hace como que se apropia del pensamiento (o de las palabras) de su público, y esto tiene por objeto lograr que quienes leen el discurso crean lo que él quiere (que el escritor «se contiene», no se permite alabar su propia obra, porque sabe que no se debe añadir “aflición al afligido”). Ahora bien, el propósito de Cervantes al ocultamente indicarnos que él sabe que no se debe atribular a quien ya lo está, es ensalzar su creación y menospreciar la de su adversario (se aflige a una persona al oponerle algo bueno a lo suyo malo o mediocre). Por otra parte, si el lector dice que autor «se contiene», es porque la obra de éste es meritoria; si el lector dice que él lo hace porque conoce que el otro se encuentra mortificado, es porque el trabajo de aquél es lamentable —tan lamentable que por eso se esconde. Cervantes, pues, vuelve a juzgar la novela de su enemigo, satisfaciendo nuevamente las expectativas que él mismo forjó, al principio del prólogo, en su público.

En el fragmento que aquí se comenta, Cervantes —ya muy abiertamente— señala la falsa identidad del escritor del segundo Quijote. Esta falsa identidad se contrapone a lo conocido que es el prologuista. Y es que él se preocupa por describirse a sí mismo; [CONTINÚA EN SIG. PÁG.]

 

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11)   Vid. Ernst Robert Curtius, Literatura europea y Edad Media latina, I. Trad. de Margit Frenk y Antonio Alatorre, 1ª. reimp., FCE, México, 1975, pp. 127-131.

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se presenta en los prefacios de sus obras; crea un mito personal: el de Miguel de Cervantes Saavedra.12

Con respecto a las alusiones referentes a que el continuador del Quijote oculta su nombre y su patria, conviene recordar que a partir de éstas Murillo deduce que posiblemente Cervantes sabía quién era el verdadero autor de tal continuación, pero que se negó a identificarlo para no darle notoriedad.13 De ser cierto esto —aunque no resulta fácil comprobarlo—, se podría hablar de otro ardid del prologuista.

Antes de transcribir cómo prosigue el último fragmento copiado, deseo resumir las trampas cervantinas que hasta el momento han surgido, y que tienen que ver con el lector; también, habré de especificar las siguientes.

Para ganar la simpatía de su público, Cervantes empezó su prólogo tratando al lector como si éste fuera el amigo enterado de lo que a él le acontece. Además, hizo que este amigo apareciera como inmiscuido en el problema: quería que él respondiera a Avellaneda. Posteriormente, condujo a las alturas su propia imagen, con lo que reforzó la simpatía del público. Después, transformó al lector en un ser activo que casi dialoga con el escritor (“Paréceme que me dices [...]”), y que piensa que éste es modesto. Hasta aquí, algunas de las trampas estudiadas de este novedoso prefacio. Viene inmediatamente algo extraordinario: el prologuista hace que su lector sea el intermediario entre él y el oculto continuador del Quijote; de esta forma, lo involucra completa y absolutamente en su pleito. Pero hay más. La pluma de Cervantes vuelve al lector parte de un equipo, convierte al público en cómplice del autor.

Señalado lo anterior, pasemos a la continuación del fragmento:

Si por ventura llegares a conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado; que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y imprimir un libro con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros cuanta fama; y para confirmación desto, quiero que en tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento:

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12)  Un excelente ensayo relativo a este punto es el de Jean Canavaggio, “Cervantes en primera persona”, en Journal of Hispanic Philology, II (1977), pp. 35-44.

13)  Op. cit., p. 34, n. 8.

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El autor pide se diga a Avellaneda que él no se tiene por agraviado. El porqué de esta afirmación puede entenderse de dos maneras. La primera es que —como antes se dijo— el adversario se halla afligido, lo que implica que es consciente de la pobreza de su creación; siendo mala la obra del oponente, Cervantes no tiene por qué sentirse ofendido. Pero, además, sabe que el demonio puso en el entendimiento del continuador del Quijote la idea de que podía escribir y publicar un libro con el que ganara tanto reputación como monedas. Aquí, el prologuista probablemente recordó que Avellaneda había dicho que le iba a quitar la “ganancia”,14 y quiso burlarse de su contrincante marcando que a éste lo que le interesa es el dinero; mas no sólo eso, agregó que también desea alcanzar la fama —que él (Cervantes) ya tiene. (No es gratuita la repetición invertida que aparece en el texto transcrito. Tal parece que se buscaba hacer sobresalir el interés por dinero y fama). En este orden de ideas, es posible pensar que Cervantes pretendió decir que el demonio, conociendo que Avellaneda quería obtener celebridad y fortuna económica, le hizo creer que estaba capacitado para escribir e imprimir una obra con la que lograría su deseo. Subrepticiamente, pues, lo que el prologuista señala es que el diablo enloqueció al escritor de la continuación del Quijote, lo que da pie a las historias de locos que vienen inmediatamente después de este fragmento. Por último, cabe interpretar que Cervantes dice no estar agraviado, porque sabe que fue el diablo el que volvió loco a su oponente, y lo llevó —no teniendo capacidad para ello— a escribir un libro que resultó pésimo.

A continuación copio la parte del prólogo en la que se encuentran contenidas las historias de locos, a sabiendas de que esto se llevará mucho espacio. Pero es que quiero que todo el prefacio quede incorporado en este ensayo, ya que ello facilita al lector buscar las referencias y comprobar, nuevamente, la originalidad y maestría que Cervantes puso en él.

Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el fin, y en cogiendo algún perro en la calle, o en cualquier otra parte, con el un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía re- [CONTINÚA EN SIG. PÁG.]

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14)  Explícitamente recuerda esto en el penúltimo periodo del prólogo.

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dondo como una pelota, y en teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas en la barriga, y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que siempre eran muchos:

«— ¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?» ¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?

Y si este cuento no le cuadrare, dirásle, lector amigo, éste, que también es de loco y de perro:

Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima de la cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano, y en topando algún perro descuidado, se le ponía junto, y a plomo dejaba caer sobre él el peso. Amohinábase el perro, y, dando ladridos y aullidos, no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que entre los perros que descargó la carga fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y sintiólo su amo, asió una vara de medir, y salió al loco, y no le dejó hueso sano; y cada palo que le daba decía:

«—Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?»

Y repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco hecho una alheña. Escarmentó el loco y retiróse, y en más de un mes no salió a la plaza; al cabo del cual tiempo volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde estaba el perro, y mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a descargar la piedra, decía:

«—Éste es podenco: ¡guarda!»

En efeto; todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, decía que eran podencos; y así, no soltó más el canto. Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador, que no se atreverá a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son más duros que las peñas.

Con sus historias de locos, Cervantes agrede muy fuertemente al continuador del Quijote (como lo deseaba —según él— el público). Veamos qué es lo que dice el prologuista, mediante un lenguaje cifrado, en el primer cuento.

A Avellaneda (el loco)15 se le ocurrió un gran disparate: agarró la pluma para escribir (el cañuto puntiagudo en el fin) y tomó cualquier material  ―como dirían los retóricos—16 (el perro). (Se entiende que el material que tomó es el de Cervantes). Hecho [CONTINÚA EN SIG. PÁG.]

 

 

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esto, con la pluma llenó el material de palabras (inflar al perro). Hinchar al animal significa que añadió capítulos al Quijote cervantino; inflarlo por el trasero, revela lo que el prologuista piensa de éstos: que fueron escritos burdamente, que son ridículos. Cuando tuvo un grueso libro (el perro redondo como una pelota), hizo que éste sonara, lo dio a conocer (las palmaditas en la barriga). Orgulloso de su labor, porque creía haber realizado una gran hazaña, le dice a su público que es difícil ampliar un material (hinchar al perro); esto es, hacer una nueva obra.

Cervantes, a través de su lector‑cómplice, le ha dicho a Avellaneda —así como al público que lee su prólogo— que piensa que el segundo Quijote es un libro escrito por un ser enloquecido que decidió añadir ridículos y malos capítulos a su creación. El continuador del Quijote debe saber que fue un loco, y ahora comprender que no es fácil escribir una novela —de ahí la pregunta retórica (interrogatio) que cierra la historia del orate sevillano.

Pero a lo mejor Avellaneda no acepta ni la demencia ni que su obra es mala. Por ello Cervantes pide al lector que narre una historia que asimismo es “de loco y perro”. Con esta frase se marca que el siguiente cuento también versará sobre lo que la locura de uno hizo con el material del otro.

Cervantes tomó la segunda historia del acervo de cuentos tradicionales17 para ejemplificar lo que le puede pasar al continuador de su Quijote: no atreverse “a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son más duros que las peñas”. En el ánimo de interpretarlo todo, me atrevo a pensar —a manera de hipótesis— que el autor empleó el cuento porque en éste no sólo podía referir a Avellaneda, sino que él mismo podía identificarse con el bonetero. Comprendo a dicha narración de la manera que sigue:

Como el loco que golpeó al podenco, el autor del Quijote apócrifo maltrató, con su obra, el fino material de la primera parte [CONTINÚA EN SIG. PÁG.]

 

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15)  Este loco se encuentra en Sevilla; el del otro cuento, en Córdoba. Ambos, pues, son situados en ciudades andaluzas. De ser cierta la hipótesis del esmerado editor del Quijote, relativa a que Cervantes conocía la verdadera identidad de Avellaneda (vid. supra p. 85), la referencia a Andalucía ¿tendrá que ver con el lugar donde nace o vive el escritor del Quijote apócrifo?

16)  La materia o material es el objeto del discurso, el tema sobre el que se va a trabajar.

17)  Esta información me fue dada por Monique Joly en su seminario sobre Cervantes que impartió en El Colegio de México (marzo-julio, 1987).

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del Ingenioso hidalgo. Indignado Cervantes —al igual que el bonetero— aporreó a su contrincante, y lo hizo de diferentes formas. Una, recordándole que el material desplegado en la primera parte del Quijote es de gran calidad (el bonetero le repite muchas veces al loco que su perro es “podenco”). Otra, señalándole que la novela que éste escribió, de tan mala y pesada, es digna de un loco. Y una última —quizá—, presentándole la propia segunda parte del Ingenioso hidalgo que, por ser muy buena, evitará que Avellaneda ose volver a la locura de tomar y continuar temas ajenos.

Como se sabe, Avellaneda había dicho en su prólogo que su continuación de la novela cervantina no enseñaba “a ser deshonesto, sino a no ser loco”.18 Cervantes comprueba la segunda parte de esta afirmación irónicamente. El Quijote apócrifo, por ser una obra tan falta de calidad, efectivamente enseña a no ser loco, esto es, a no pretender escribir un libro cuando no se tiene la capacidad para hacerlo. En cuanto que tal obra no enseña a ser deshonesto, cabe recordar simplemente que su autor se ha escondido “como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad”.

Se ha visto que Cervantes —ya diciendo que el diablo hizo creer a Avellaneda que podía escribir, ya mediante los cuentos que pide narrar al lector ha tildado de loco a su adversario. Éste, según muestra Joly,19 de manera subrepticia había hecho lo mismo con Cervantes en el final de su obra. Por tanto, la conversión de Avellaneda en loco puede también ser entendida como la manifestación —por parte del prologuista— de haber comprendido las escondidas alusiones del continuador del Quijote, y el deseo de responder —según dice el refrán— dándole “una cucharada de su mismo chocolate”. De acuerdo con la investigadora citada, este recurso es tributario de la “tradición jocosa e insultante [como la de contestar con igual palabra] ilustrada en la Floresta”.20

 

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18)  A. Fernández de Avellaneda, op. cit., p. 54.

19)  Vid. Monique Joly, “Historias de locos”, en Revista del Instituto de Lengua y Cultura Españolas, II (1986), pp. 180-181 fundamentalmente.

20) Ibid., p. 183. La investigadora igualmente señala que el procedimiento empleado por Avellaneda —ridiculizar al oponente tomando citas textuales— también se enmarca dentro de dicha tradición. Cabe hacer mención, por otra parte, que en este artículo se hace una interesante interpretación sobre el significado der rechazo de don Quijote al cuento que narró el barbero en el primer capítulo de la segunda parte cervantina.

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Lillian von der Walde Moheno, “El prólogo a la segunda parte de El Quijote

 
 
 
 
 

Ya para concluir este ensayo, transcribo y comento brevemente los últimos dos periodos del “prólogo al lector”:

Dile también que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia con su libro, no se me da un ardite, que acomodándome al entremés famoso de La Perendenga, le respondo que me viva el Veinte y cuatro mi señor, y Cristo con todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad, bien conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me tiene en pie, y vívame la suma caridad del ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas, y siquiera no haya emprentas en el mundo, y siquiera se impriman contra mí más libros que tienen letras las coplas de Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin que los solicite adulación mía ni otro género de aplauso, por su sola bondad, han tomado a su cargo el hacerme merced y favorecerme; en lo que me tengo más dichoso y más rico que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero como la virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y, por el consiguiente, favorecida.

Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino advertite que consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada del mismo artífice y del mesmo paño que la primera, y que en ella te doy a don Quijote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta también que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras, sin querer de nuevo entrarse en ellas; que la abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía, aun de las malas, se estima en algo. Olvídaseme de decirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea.

 

Después del vituperio (los cuentos de locos), vuelve Cervantes a la táctica de la defensa mediante la cual pule, eleva su imagen. Recuerda la amenaza lanzada por Avellaneda, relativa a que le iba a quitar la ganancia, y ello quizá con el renovado propósito de hacer notar el interés monetario de su oponente.

La respuesta a la amenaza que apunta en las líneas transcritas, [CONTINÚA EN SIG. PÁG.]

 

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Lillian von der Walde Moheno, “El prólogo a la segunda parte de El Quijote

 
 
 
 
 

sirve al autor, en primer lugar, para contradecir a su adversario en lo que respecta a la carencia de amistades:21 él se ve favorecido por dos ilustres personalidades —con lo que de paso revela a su público la consideración que él merece.22 En segundo lugar, dicha respuesta le sirve para laurear a sus protectores, hecho que tiene por objeto asegurar la simpatía, que éstos continúen socorriéndolo. Aquí, se ha incorporado una de las funciones propias de la dedicatoria, elemento éste que también imprime un carácter mixto al prólogo. Por último, mediante la contestación a Avellaneda el autor ensalza el propio valer, y lo hace con una gran maestría retórica. Emplea una suerte de sentencias que señalan que el hombre, aunque pobre, si es virtuoso será favorecido. Ahora bien, si a él le tiene sin cuidado el verse privado de beneficios económicos (amenaza de Avellaneda), ello implica que seguirá siendo amparado por los “altos y nobles espíritus” ya que posee honra, nobleza y virtud (contenido de las sentencias). En resumen, Cervantes enaltece su imagen al aplicar a su persona lo expuesto en una serie de pensamientos de validez cultural.

Después de valorar subrepticiamente su propia figura y causar con ello una impresión positiva en su público, el prologuista pasa a señalar que su segunda parte del Quijote “es cortada del mismo artífice [...] que la primera”. Con esta advertencia lo que Cervantes dice a su lector es que garantiza la calidad de la nueva novela, porque ésta fue hecha por la misma mano que la anterior; con esto, a la vez resalta su arte, su dignidad como escritor. Posteriormente anunciará sus próximas obras. El público conoce —y él la resaltó— la excelencia de su pluma.

 

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21)  Avellaneda había dicho que en España no habría persona que no se ofendiera si Cervantes la mencionaba, y que por eso se veía en la necesidad de ahijar sus sonetos a personajes como el preste Juan de las Indias o el emperador de Trapisonda (se alude a lo dicho en el prólogo a la primera parte del Quijote).

22) Podría algún lector contraponer a un autor que se presenta a la luz del día y es apoyado, a otro que se esconde y que por ello no se sabe si es apreciado. Ciertamente, la figura de Cervantes resaltaría.

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Lillian von der Walde Moheno, “El prólogo a la segunda parte de El Quijote

 

Datos de publicación: Lillian von der Walde Moheno, “El prólogo a la segunda parte de El Quijote”, en Signos. Anuario de Humanidades 1989, t. I. Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa, México, 1989, pp. 77-91. 

 

 

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